Visión Celta y 3
♣ Renan, en La poesía de las razas célticas, nos ofrece algunos aspectos distintivos. Se refiere a que los celtas tenían una “comunión íntima con los elementos inferiores de la creación”, eran “naturalistas realistas”, amaban a la Naturaleza “por sí misma”, trataban de descubrir el “sentido vivo de la parte mágica que encierra”, y, además, este contacto casi panteísta les infunde una perpetua melancolía “cuando creen interpretar a través de ella su origen y destino”, cuando recuerdan “sus destierros, sus fugas a través de los mares”. Como escribe Jorge Luis Borges al referirse a Machen, ser celta es sentirse solo, y, como sus lejanos mayores “predestinado al fracaso”. Y en este sentido recordaba aquel verso de Taliesin tan querido para el escritor galés, “Entraron siempre en la batalla y siempre cayeron”. El escritor argentino en el prólogo a la antología de relatos de este escritor galés titulada La pirámide del fuego, publicada en la colección La Biblioteca de Babel, colección de lecturas fantásticas, dirigida por él mismo para el editor italiano France María Ricci (traducida en España por Ediciones Siruela), acertaba a definir el ser “celta” como algo “anterior a los romanos, anterior a los sajones, anterior a los anglos, que dieron su nombre a la tierra, anterior a los daneses, anterior a los normandos, anterior a las gentes misceláneas que poblarían la isla. Bajo este palimpsesto secular de razas vencedoras, Machen pudo sentirse oscuramente victorioso y antiguo, arraigado a su suelo y alimentado de primitivas ciencias mágicas. Paradójicamente agregó a ese concepto histórico el de otro linaje aún más subalterno y oculto: el de seres nocturnos y furtivos que encarnan el pacado y lo difunden. Insistió, asimismo, en ser celta para sentirse solo y, como sus lejanos mayores, predestinado al fracaso…”.
Mircea Elíade (también lo hacen otros investigadores de las religiones) destaca, apoyado en la arqueología, la extraordinaria importancia que para los celtas contiene el espacio sagrado. Las ofrendas se depositaban en pozos rituales de dos o tres metros de profundidad, facilitando así la comunicación con las dividinades del mundo subterráneo. De ahí una de las obsesiones más
presentes por los tesoros, los objetos ocultos, y la persistencia de toda una mitología popular relacionada con los seres del inframundo. Esos calderos ceremoniales, ¿fueron antecesores del Graal? Volviendo a Renan en la versión de Yeats, éste subrayaba la capacidad de imaginación de estas gentes, aunque no -en su totalidad- como un aspecto positivo, “esa raza se ha agotado a sí misma tomando equivocadamente los sueños por realidades”; y la ponía por encima de la de otros pueblos: “La imaginación clásica, comparada con la imaginación céltica, viene a ser lo infinito comparado con lo finito.”
Yeats, en su ensayo titulado “El elemento céltico en la literatura”, compara las opiniones de Renan con las de Matthew Arnold en su Estudio de la literatura celta. La pasión por la Naturaleza, la capacidad imaginativa y la melancolía eran aceptadas. Pero Arnold aporta algunas matizaciones muy interesantes. De la Naturaleza les atrae el “misterio” más que la “belleza”.
La imaginación y la melancolía son “una reacción apasionada, turbulenta, indómita, contra el despotismo de las realidades”. Yeats no cree que todos los escritores ingleses de origen céltico tengan por qué tener estas características, pero de serlo así su trayectoria estaría clara. Por otra parte, el autor de El crepúsculo celta pensaba que esta cosmovisión particular no lo era tanto, la “magia natural” no era otra cosa que “la antigua religión del mundo, el antiguo culto a la Naturaleza y el éxtasis conturbado en que caían los hombres ante ella; esa certidumbre que tenían de que todos los lugares bellos están llenos de seres invisibles”. La gran diferencia estaba en que mientras unos pueblos se olvidaron de su mantenimiento y práctica, otros conservaron esta memoria palpitante como una de sus características idiosincráticas. Alfonso Rodríguez Castelao también relacionó a la “saudade” con lo céltico; “la saudade” es una energía de la tierra que pasa a los hombres a través de los elementos misteriosos e interrogantes de la naturaleza. Cuando los celtas se dejan conducir por la “saudade” ven que las aguas de los ríos hacen dulce el agua del mar; que la muerte llenándose de vidas de se hace Vida; que la Nada llenándose de fantasías se hace Todo. Tanto que si no existiese el alma los celtas serían capaces de crearla para sus muertos. Los celtas no soportan la desesperanza y prefieren llenar los huecos con dolor a dejarlos vacíos.
El renacimiento literario céltico (sobre todo el que surgió en Irlanda) se completó con la recuperación literaria contemporánea de los héroes de su mitología (Cuchulain, Deirdre, conchabor, Naoise), por otra parte de autores como Yeats, Stephens, Lady Gregory, Synge, W. Russell. Paralelamente se desarrolló con renovada vitalidad una corriente literaria de carácter fantástico cuyas raíces estaban en la literatura popular que Lady Wilde (la madre de Oscar), Yeats y Lady Gregory reunieron, entre otros. Yeats quizá los ejemplifica (a) la perfección a todos ellos. Uno de sus libros más interesantes en este sentido fue El crepúsculo celta.
Se preguntaba Ezra Pound, “¿Es Yeats un imaginista?” Y él mismo se respondía, “No, es un simbolista”. La mitología irlandesa, el ocultismo hindú, el simbolismo france´s, la experiencia prerrafaelita y la admiración por Blake, fueron algunos de los elementos que le sirvieron para mostrar las realidades eternas del mundo, reflejadas en el espejo vegeral de la naturaleza. Con George Rusell fundó una sociedad teosófica en donde se enseñaba que la poesía era lo más cercano a una religión revelada. A través de ella podía alcanzarse la verdad ajena a cualquier otra explicación empírica o racional. El ocultismo y la creación son las ciencias por las que nuestro polifacético escritor (poeta, dramaturgo, ensayista, narrador) va trasmutando la vida en arte. Em 1890 se une a los rosacruces, de ahí su libro The Rose. Su atracción hacia el mundo de ultratumba le hizo practicar no pocas experiencias espiritistas. Pero Yeats, como escribe G. S. Fraser, tenía una posición ambigua ante lo sobrenatural. Creía que el eterno retorno de esa “gran rueda de la existencia”, pero a la vez defendía la capacidad de huir “no hacia el no ser, sino hacia una especie de perfección limitada, pero inacabable”. Estas preocupaciones no le alejaron de la realidad. Contribuyó a la independencia de su país, aunque sus ideas eran más bien convervadoras, fue miembro del primer senado irlandés y dirigió el Abbey Theatre. El crepúsculo celta es una obra que está ajena a esa última moda literaria dedicada a crear seres supuestamente fantásticos, híbridos, sin pedigree. Los fantasmas, duendes, enanos, hadas, bosques encantados, los sidhe, los banshees con sus premoniciones de muerte y desaparición, son consustanciales al campesinado irlandés (también al de otras áreas europeas como el gallego). Yeats recogió muchas de estas historias y leyendas populares dándoles solamente una forma literaria moderna. A veces incorpora a los textos el habla y las opiniones de los campesinos relatores del suceso. El crepúsculo celta es una colección de relatos que tienen mucho de antropología de campo. Sólo que Yeats jamás trata de explicar lo que para él es inexplicable. Así lo hace saber en estos verdos:
“El tiempo se hunde en decadencia
como una vela consumida,
y a las montañas y bosques
les llega el día;
pero tú, amable turbamulta antigua
de los estados del ánimo nacidos del fuego
tú no desapareces.”En España, el interés por lo céltico coincidió también con las primeras traducciones fragmentarias de Los poemas de Ossián. José Alonso Ortiz hizo la primera versión en 1788. El ex jesuia Pedro montengón puso en verso castellano el poema “Fingal”, basándose en la versión italiana de Cesarotti. Otro traductor fue el abate Marchena. Aunque su influencia en España fue menor, ésta se dejó sentir en autores como el Duque de Rivas o Espronceda. Por parte gallega están los poetas Nicomedes Pastor Díaz y Eduardo Pondal (1835-1917), el más influido por este mundo y al que Isidoro Montiel le dedica un importante capítulo en su magnífico Ossián en España.
Si todo este renacer cultural tiene un trasfondo nacionalista que desembocará en la independencia de Irlanda, su implantación y desarrollo en Galicia, apoyándose para ello en bases poco firmes, coincide con el nacimiento del regionalismo decimonónico. Una verdadera comunidad nacional necesitaba una lengua y también una étnia. Manuel Murguía fue el primero de los promotores. Para él los orígenes celtas de Galicia no sólo eran algo cultural o espiritual, sino también racial. Los celtas, como arios, eran superiores a las otras razas anarianas (fenicios, semitas, árabes, etc.) presentes en el resto de la península. Pero lo que aquí nos interesa destacar es la insistencia que pone en demostrar la continuidad de los elementos mitológicos, costumbres: “El culto al agua, al fuego, a los astros, a la naturaleza inanimada, a ciertos árboles, a los seres sobrenaturales, el druidismo.” Todo esto había permanecido intacto, pues las diversas invasiones posteriores apenas tuvieron importancia, a no ser la sueva (arios). Ramón Maíz en O rexionalismo galego: Organización e ideoloxía se ocupa pormenorizadamente de este vidrioso asunto. Sea como fuere, las opiniones de Murguía, respaldadas desde entonces por otros historiadores gallegos y, fundamentalmente, por el grueso de los escritores, tuvieron un éxito tal que hoy en día forman ya parte indisoluble de la cultura popular.
La Generación Nós convirtió a la revista del mismo nombre en uno de los órganos más destacados del celtismo. Se publicaron infinidad de estudios arqueológicos e históricos y se ayudó, como en ninguna otra publicación española, a la lucha por la independencia de Irlanda. Porque Irlanda para Galicia siempre fue (en la nostalgia cultural) un ejemplo. El director de la publicación, Vicente Risco, dedicó numerosos capítulos intentando demostrar las similitudes entre ambos pueblos.Él y Ramón Otero Pedraye divulgaron por vez primera la literatura contemporánea irlandesa. Recordemos que este último tradujo en la revista orensana las primeras versiones a una lengua peninsular del Ulises de Joyce.
Y realmente la literatura gallega comparte -voluntaria o involuntariamente- esos elementos céticos que se resumen en una fascinación por lo fantástico, lo sobrenatural, por esa comunión especial con la Naturaleza. De ello hay multitud de ejemplos en las obras poéticas y narrativas de Pondal, Bouza Brey, Castelao, Cabanillas, Cunqueiro, Blanco Amor, Eugenio Montes, Castroviejo, Vicente Risco, Otero Pedraye, Fole, Dieste, Ferrín, Torrente, Fernández Flórez, sin olvidarnos de la Pardo Bazán o Valle. Con respecto a las leyendas populares basta compararlas en los tomos de V. García de Diego.
El mundo de varias de las narraciones de Risco es el mismo que de las de Machen. La Pirámide de fuego contiene dos de los episodios más famosos de Los tres impostores: “La novela del sello negro” y “La novela de los polvos blancos”. Los diferentes sucesos por los que atraviesa su protagonista llevan al profesor Greg (en Risco pudiera ser el Dr. Alveiros) a la conclusión de que existe una raza primitiva oculta en las colinas galesas. En Galicia es otra de las creencias más extendidas y que Risco retomó en una narración, “La viga de oro y la viga de alquitrán”. Álvaro Cunqueiro sintió una especial predilección por Lord Dunsany. Tanta que le llevó a escribir el siguiente epitafio:
¡Buenos días!, decíanle las hadas
que duermen al otro lado del mar.
-¡Buenasnoches!, decíanle los fantasmas
que despiertan cuando canta la lechuza.
Y en el camino de Carcasona le saludaban
quienes jamás llegarían allá.
Soñó todas las cosas invisibles
en lo que toca al hombre, vio indiferente
pasar a quienes no se le asemejaban…
Y cuando le llegó la hora, estaba soñando
un país donde llovían mariposas
para que se hiciese la luz. Y la luz se hizo.
Ahora él mismo, perdido en la sombra,
es hada, y fantasma y vagabundo
por quien aprenden a guiarse las estrellas.
Texto original de Cesar Antonio Molina, titulado “El Retorno de lo Céltico” y escrito para el libro catálogo de la exposición “Visión Celta” celebrada en 1986, año de mi llegada a Madrid.
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